jueves, 20 de diciembre de 1973

Juan Antonio Bueno Fernández - Luis Carrero Blanco y José Luis Pérez Mogena

A las 9:28 horas del 20 de diciembre de 1973 miembros del grupo Txikia de ETA accionaron una potente carga explosiva colocada bajo la calle Claudio Coello de Madrid al paso del coche oficial en el que viajaban el presidente del Gobierno, almirante LUIS CARRERO BLANCO, el policía de escolta, JUAN ANTONIO BUENO FERNÁNDEZ, y el chófer oficial del almirante, JOSÉ LUIS PÉREZ MOGENA.


Aproximadamente una hora antes, Carrero Blanco había salido de su domicilio en la calle Hermanos Bécquer para oír misa en la Iglesia de San Francisco de Borja. Era su rutina desde hacía treinta años. En el exterior, tres policías, de los ocho que formaban su escolta personal, le esperaban desde hacía algunos minutos. Sus nombres eran Juan Antonio Bueno Fernández, Rafael Galiano del Río y Miguel Alfonso de la Fuente. Juan Antonio Bueno y el chófer Luis Pérez Mogena, entraron en el coche oficial, un Dodge Dart. Los otros dos policías se subieron a un coche de escolta en compañía de un tercero, Juan Franco. Tras finalizar la misa, hacia las nueve y veinte, salió de la iglesia, junto a su escolta, para ir a desayunar con su mujer. A las diez de la mañana, tenía una cita en su despacho de Castellana 3, con el ministro de Obras Públicas, Gonzalo Fernández, y con el ministro de Trabajo, Licinio de la Fuente.

El Dodge Dart se dirigió por la calle Juan Bravo y giró hacia Claudio Coello. Cuando se encontraba a la altura del número 104 de esta calle se produjo la detonación de una gran carga explosiva. Miembros de la banda ETA habían excavado un túnel desde un semisótano del número 104 de la calle Claudio Coello y habían extendido un cable a través de la ventanilla del bajo. Cuando el vehículo blindado del presidente llegó a una señal roja pintada en la pared (que marcaba el punto exacto en el que estaba colocado el explosivo), uno de los terroristas (Argala, según unos, Kiskur, según otras versiones) accionó el mando y la explosión alcanzó de lleno el objetivo. El coche se elevó treinta y cinco metros y fue a caer al patio interior de la residencia de los jesuitas de la Iglesia de San Francisco de Borja. El coche de escolta, que viajaba a unos metros del Dodge Dart, perdió de vista el vehículo del presidente. Cuando el polvo y el humo provocado por la explosión empezaron a disiparse, contemplaron estupefactos un enorme cráter en la calle, pero ni rastro del coche de Carrero. Incluso uno de los agentes del coche de escolta fue corriendo al domicilio del almirante con la esperanza de que allí estuviese aparcado. Otro de los agentes miró hacia arriba y vio la cornisa rota del colegio de los Jesuitas.

Los etarras habían colocado otro vehículo cargado de explosivos y aparcado en la calle en doble fila, para incrementar los efectos del atentado, aunque no llegó a estallar. Además de las tres víctimas mortales, en el atentado resultaron heridas numerosas personas, entre ellas los tres policías del coche de escolta, un taxista, la portera del inmueble del número 104 de la calle de Claudio Coello y su hija de corta edad.

ETA acababa de dar el golpe que la lanzaría al estrellato, no sólo internamente sino de cara al exterior. La prensa internacional siempre ha presentado y presenta este crimen como "ejemplo de lucha antifranquista". El asesinato de Carrero, su escolta y su chófer es un hito para ETA y el atentado que más réditos propagandísticos proporcionó a la banda asesina. Hasta 1973, la banda había asesinado a ocho personas, aunque en realidad sólo habían reivindicado cuatro de esos asesinatos, de los que sólo uno (el de Melitón Manzanas en 1968) fue un atentado planeado por ETA. Los otros tres (el del guardia civil José Pardines Arcay, también en 1968, el del taxista Fermín Monasterio, en 1969, y el del policía municipal Eloy García Cambra en 1972) puede decirse que se debieron a circunstancias imprevistas en las que se vio envuelta la propia banda en el marco de su actividad criminal: un control de carreteras en el caso de José Pardines; la huida de un etarra herido y un taxista que rechazó continuar el viaje en el caso de Fermín Monasterio; y los movimientos sospechosos de unos individuos en Galdácano en el caso de Eloy García Cambra. En cuanto a los otros cuatro asesinatos cometidos con anterioridad al de Carrero Blanco, están la niña Begoña Urroz (1960) y los tres jóvenes gallegos secuestrados y torturados hasta la muerte en 1973, el mismo año del asesinato de Carrero. Ninguno de los cuatro ha sido asumido, a día de hoy, por la banda terrorista, que nunca ha reconocido la autoría de aquellos crímenes que podían tener un coste social y suponer un desprestigio en su aureola de gudaris luchadores por la libertad y la democracia.

Si embargo, con el asesinato de Carrero Blanco los etarras sacaron pecho. Aún hoy día se siguen jactando de "su hazaña", ellos y la gentuza que los apoyan. Casi cuarenta años después de haber asesinado brutalmente a tres personas y de haber destrozado a tres familias, se corea y se canta en las fiestas de los pueblos del País Vasco y Navarra, y en toda juerga que se precie, una canción denigrante que demuestra la catadura moral de los asesinos de ETA y sus simpatizantes. Porque, por encima de todo, estamos hablando del asesinato de tres personas, de tres víctimas de una banda terrorista. Un policía, un chófer y un militar y político. Sólo puede calificarse de gentuza y alimaña a aquellos que aprovechan los momentos de jolgorio para jalear el crimen con letras como la que sigue: "Ante, ante ¿quién hizo volar al almirante?/Jueves antes de almorzar,/Carrero tenía que ir a rezar, /pero no pudo ir a rezar,/porque tenía que volar./Un petardito hizo estallar, PUM/y hasta un tejado PUM,/le hizo saltar./ Así voló, Carrero voló, /así voló, muy alto llegó,/así voló, Carrero voló,/así voló, muy alto llegó".

Pero al margen de la catadura moral de los que cometieron el atentado y sus simpatizantes, el hecho es que ETA-Batasuna lleva años festejando un atentado que debería ser motivo de oprobio y vergüenza. Esas medallas que la banda se adjudica, considerándose poco menos que los artífices de la transición a la democracia, chocan frontalmente con la realidad de lo que fue este brutal crimen y lo que con ello se consiguió. Y esto es así por dos razones fundamentales.

La primera, porque no está en absoluto probado que Carrero hubiese sido un obstáculo ("el" obstáculo según creían, muy posiblemente de forma equivocada, algunos sectores del régimen) para la transición a la democracia tras la muerte de Franco. De Carrero Blanco se han hecho dos retratos completamente contrapuestos: los que dicen que era "un ultra entre los ultras a la derecha de Franco y los que le presentan como el tapado que preparaba una suerte de perestroika que serviría en bandeja al Príncipe haciendo mutis por el foro" (Ernesto Villar, Todos quieren matar a Carrero. La conspiración dentro del Régimen, Libros Libres, octubre 2011, pág. 187). Por otra parte, a Carrero lo sucede en la presidencia del Gobierno Carlos Arias Navarro que, además de que era el encargado de la seguridad del presidente, como todos sabían no era precisamente "un demócrata de toda la vida". Además, la gestión que hizo Arias Navarro en lo que al desarrollo hacia la transición se refiere fue, como mínimo, muy poco afortunada.

La segunda razón es aún más importante y, sobre todo, menos discutible. ETA y la gentuza que le apoya estarían mejor callados y no deberían sacar pecho por un atentado en el que su papel es cualquier cosa menos airoso. Todos los datos que han salido a la luz a lo largo de estas casi cuatro décadas ponen de manifiesto, sin ningún tipo de dudas, que la banda terrorista ETA fue utilizada, no se sabe a ciencia cierta por quien, para cometer un atentado contra el número dos del régimen franquista, a escasos metros de la embajada americana y el día después de la visita de Henry Kissinger a España. Es decir: los asesinos de la banda fueron simples sicarios de alguien que los utilizó para conseguir unos fines determinados. Ni el "alguien" ni los "fines" que se perseguían están claros, pero de lo que no hay ninguna duda es de que se movieron hilos y se removieron obstáculos para que los miembros del grupo Txikia pudiesen asesinar impunemente al presidente del Gobierno. Los hilos se movieron antes y después del atentado, en la preparación y ejecución, y en el encubrimiento posterior y la sospechosa "dejadez" con la que se actuó tras el magnicidio.

Los datos para descartar una actuación en solitario de ETA son absolutamente abrumadores. Pero a diferencia de lo ocurrido con otros atentados más recientes, como el 11M, donde los datos han sido igualmente abrumadores para demostrar la falsedad de una versión oficial judicialmente ratificada –de momento–, con el asesinato de Carrero existe una unanimidad casi absoluta en este punto: desde el Rey a Carrillo, pasando por la propia familia de Carrero, Felipe González, ministros de la época, historiadores y periodistas que han estudiado el atentado, espías y exespías, militares con importantes responsabilidades en la época, miembros de las fuerzas de seguridad... Prácticamente nadie ante la pregunta de quién asesinó a Carrero responde que fue ETA sola y sin ayuda. Asesinos a sueldo y sicarios, según algunos, peleles y tontos útiles, según otros: ese fue el papel de ETA en el atentado de Carrero. La imagen de unos "heroicos gudaris antifranquistas", que es la que nos han vendido durante tantos años, sin los que seguiríamos viviendo en una dictadura, es una imagen falsa. Los etarras fueron muy posiblemente unos peleles asesinos en manos de parte de las familias del Régimen que los utilizaron en sus luchas intestinas, que, además, no pusieron en peligro su integridad ni arriesgaron su vida, o su libertad, a la hora de cometer el atentado.

Esta unanimidad en descartar la actuación en solitario de ETA que, por cierto, sienta muy mal a la izquierda proetarra, ha sido contada y recontada en la multitud de libros y artículos que sobre el atentado se han escrito. La bibliografía es muy abundante, y este mismo año se han publicado varios libros que aportan multitud de datos que apuntan en la misma dirección. Todos ellos ponen de manifiesto dos cosas: por un lado, que existió una auténtica conspiración para asesinar a Carrero en la que los terroristas de ETA fueron utilizados y manipulados; por otro dejan también el mal sabor de boca de la ambigüedad a la hora de adjudicar responsabilidades claras sobre quién dio la orden de matar a Carrero, quién fue dirigiendo a los etarras, quién fue desactivando pistas que podrían haber evitado el atentado, quién hizo dejación de funciones, o algo más, a la hora de detener y poner a disposición de la justicia a los asesinos del presidente del Gobierno, etc.

A día de hoy, y como ha ocurrido con el 11M, no sabemos a ciencia cierta qué pasó en el atentado de Carrero, pero sí sabemos lo que no pasó. Y básicamente no pasó que ETA actuase sola.

¿Y quiénes fueron esos peleles, tontos útiles o sicarios a sueldo? El atentado fue ejecutado por el grupo Txikia de ETA, compuesto por Iñaki Múgica Arregi, Ezkerra; Pedro Ignacio (Iñaki) Pérez Beotegui, Wilson; Jesús María Zugarramurdi, Kiskur; Javier María Larreategui, Atxulo; y José Mikel Beñaran Ordeñana, Argala. Pero hubo muchos más peleles, que estaban en el ajo del atentado, como el monje benedictino Eustaquio Mendizábal, alias Txikia (de quien, tras su muerte en un enfrentamiento con la Policía, tomarían el nombre los etarras); José Manuel Pagoaga Gallastegui, alias Peixoto; José Antonio Urruticoetxea, Josu Ternera; Isidro María Garalde, Mamarru, o Domingo Iturbe Abasolo, Txomin, entre otros. En tareas logísticas, como el robo de documentos nacionales de identidad (DNI) en una comisaría de Policía de Madrid, participaron Juan Bautista Izaguirre, Zigor, y Ramón Echevarría, Okoz. En la falsificación de DNI participó José Ignacio Abaitua Gomeza, Marquin... Cuando Carlos Estévez y Francisco Mármol quisieron ponerse en contacto con aquellos que todavía estaban vivos para tener su versión de la "hazaña", se encontraron con la sorpresa de una férrea e inflexible "ley del silencio" por parte de los etarras, y eso a pesar de que, supuestamente, este atentado era el gran éxito de la banda terrorista (Carrero, las razones ocultas de un asesinato, Temas de Hoy, 1998, pág. 249)

En el libro ya citado del periodista y escritor Ernesto Villar se ofrece una recopilación exhaustiva de todos los datos e indicios anteriores y posteriores al atentado, que lleva directamente a la conclusión de una ETA manipulada y utilizada. También se recogen los testimonios de muchas personas que ponen de manifiesto la unanimidad en la calificación del atentado como extraño (los más prudentes) y como de conspiración clara, la mayoría. Es, a día de hoy, el libro más completo y que más claves aporta para concluir que detrás del asesinato del presidente del Gobierno hubo una auténtica conspiración, aunque el autor, lógicamente, deja abiertas todas las puertas sobre quién pudo estar detrás de esa conspiración.

"A cualquiera con un mínimo de experiencia en la clandestinidad le resultaba evidente que sin protecciones importantes y muy altas los etarras hubieran sido arrestados mucho antes de realizar sus propósitos". Quien así se manifiesta es el secretario general del Partido Comunista de España, Santiago Carrillo, que lo dejó escrito en sus memorias, "para indignación del mundo abertzale" (Ernesto Villar, pág. 77). El propio Carrillo se preguntaba extrañado: "¿Cómo es posible que ese grupo de hombres pudiera trasladarse de piso varias veces en una época en la que era obligatorio informar a la comisaría más cercana de cualquier cambio de domicilio, sin que a nadie se les ocurriera pedirles la menor explicación? (...) Es indudable que ETA fue el brazo ejecutor, pero los interesados en que Carrero muriera, los protectores de ETA, por llamarlos de alguna manera, eran otros" (Ernesto Villar, pág. 263).

Otra opinión a tener en cuenta, por ser una de las personas más informadas de la época, es la de José Mario Armero, presidente de Europa Press, con trato regular con ministros de la época y habitual en las comidas secretas organizadas por el SECED para, supuestamente, preparar la transición. Tras descartar la "conspiración internacional" y apostar por una operación interna, dice: "La mano ejecutora fue, sin duda alguna, ETA. Pero, ¿quién manipuló a ETA? Porque yo estoy convencido de que no actuó en solitario (...) El día que nos enteremos de la verdad, si es que nos enteramos, nos llevaremos grandes sorpresas". Pero más importante es que Armero descarta a la izquierda como inductora del atentado ("No, no lo creo, ni lo he creído nunca") y señala a la extrema derecha: "Hay indicios de que pudiera ser la extrema derecha la que manipuló a ETA" (Ernesto Villar, págs 261-262). Seguramente si la opinión de Carrillo indigna al "mundo abertzale", la de que sus gudaris fueron manipulados por la extrema derecha aumentará esa indignación.

José Luis de Villalonga recoge los testimonios de dos personas cualificadas. Por un lado el rey Juan Carlos y por otro el expresidente del Gobierno, Felipe González. De ambos se hace eco en su epílogo Ernesto Villar (págs 261-267). En cuanto al Rey, es inducido por el propio Villalonga, que le pregunta a bocajarro: "¿Se supo por fin quiénes fueron los asesinos de Carrero?". Primera respuesta del Rey: "Pero... ETA, naturalmente. ¿No lo sabías?". Insiste Villalonga: "ETA fue el brazo ejecutor. ¿Pero quién estaba detrás de los vascos?". "No lo sé", responde con el tono de quien se ha planteado cien veces la misma pregunta. Y repite: "No lo sé", a lo que comenta Villalonga: "No dejó de ser un extraño crimen". Y responde el Rey: "Y que lo digas". También prestado a Villalonga en 2004 es el testimonio de Felipe González: "De verdad que sigo sin creerme que aquellos vascos, con sus boinas y su acento podían haber llegado a sus fines sin contar con una ayuda hasta ahora ignorada".

Especialmente significativas son las opiniones del juez Luis de la Torre Arredondo, el fiscal Fernando Herrero Tejedor y Luis González-Mata, exespía de Franco. En cuanto al juez, el sumario llegó a sus manos después de que, tras tres años de instrucción, la investigación no avanzase. En 1983 el juez especial se despachó en una entrevista en la revista Interviú en la que cuenta cómo intentó llegar, indagando no sólo de forma oficial, sino también confidencialmente, a los que dieron la orden a ETA de matar a Carrero y a quiénes les pusieron sobre la pista. Con todo ello saca tres conclusiones: que la investigación llegó hasta los autores materiales y "de ahí no pasó", pese a que "había elementos" para hacerlo; que Carrero fue víctima de una lucha interna dentro del franquismo (de la que le llegaron retazos de forma confidencial) que se resume en que su desaparición beneficiaba a muchos; y la última conclusión es que "los inspiradores del atentado han quedado en la sombra" (Villar, págs 240-241).

Fernando Herrero Tejedor, fiscal del Tribunal Supremo y posteriormente ministro secretario general del Movimiento, envió a Franco un informe secreto sobre el magnicidio del que nunca más se supo. Sin embargo, el 17 de septiembre de 1974, el diario ABC se hacía eco de una frase pronunciada por Herrero Tejedor en el discurso de apertura del año judicial: "No sólo ETA es responsable de la muerte de Carrero". Al tiempo que confirmaba la participación de la banda en el magnicidio, dejó caer que "no se descarta la participación de organizaciones distintas a ETA en el asesinato de Carrero Blanco". La repentina, y para algunos misteriosa, muerte de Herrero Tejedor en accidente de tráfico en junio de 1975 sólo nos permite aventurar que el informe jurídico secreto que envió a Franco, al parecer muy extenso y detallado, debía ir en esa línea de no creerse la versión oficial que se estaba dando sobre el atentado.

Por último, y para cerrar los testimonios más relevantes recogidos por Ernesto Villar, hay que hablar del exagente de los servicios secretos Luis González-Mata, un testimonio que durante años ha sido denigrado y desacreditado, pero que hoy adquiere más importancia por varios motivos. En primer lugar, por la propia personalidad de González-Mata. En segundo lugar, y más importante, por la referencia que Ricardo de la Cierva hace del mismo, citando una conversación con José María de Areilza.

Empezando por la personalidad de Luis González-Mata, hay que señalar que no era un agente secreto cualquiera. Como explica el coronel del Ejército del aire y oficial de inteligencia Manuel Rey Jimena "era una persona brillantísima y tenía la confianza plena de Carrero Blanco". Carrero y el director general de Seguridad, Eduardo Blanco, le encargaron algunos de los "marrones" más complicados y comprometidos del régimen en los años 40, 50 y 60. Además, y al tiempo que trabajaba para la inteligencia española, lo hizo de forma simultánea o alternativa para los servicios americanos. Unos meses antes del asesinato de Carrero, González-Mata se desligó de todos los servicios secretos harto de tantas "asquerosas complicidades entre fascistas y comunistas". Para él, un ejemplo de ello sería el propio atentado de Carrero. El exespía sostiene que al menos dos equipos de inteligencia, "uno español y otro extranjero" (que no nombra, pero que es claramente la inteligencia estadounidense) conocían los preparativos de los etarras (unos "desgraciados" que "fueron manipulados", según sus propias palabras) y fueron "corrigiendo" los errores que cometían. Pero va más allá: aportando todo tipo de datos muy concretos, afirma que no sólo corrigieron errores y dejaron hacer, sino que se inmiscuyeron directamente en los propios planes del atentado, señalando que en la madrugada del propio día 20 de diciembre un equipo de americanos penetró en el sótano de la calle Claudio Coello y "deposita dos artefactos envueltos en materia plástica, similares a las minas antitanques, dotados de un sistema de encendido radio-eléctrico". Al día siguiente, dos equipos distintos aprietan el detonador. "Todo hace pensar que, de no haber sido así, la Operación Ogro hubiera fracasado" (Ernesto Villar, págs. 78-83, 108-109, 135-137). Dos equipos y, se supone, dos explosivos distintos se utilizaron en el atentado. Pero sólo podemos suponer, porque no se realizó un análisis oficial del explosivo utilizado.

Es difícil de valorar hasta qué punto lo que cuenta González-Mata es cierto. Su aportación ha sido calificada por algunos de fantasiosa. Sin embargo el historiador Ricardo de la Cierva aportó en su libro ¿Dónde está el sumario de Carrero Blanco? (ARC Editores, 1996) un dato revelador protagonizado por José María de Areilza, conde de Motrico, ministro de Asuntos Exteriores en el primer Gobierno de la Monarquía y uno de los políticos más destacados y mejor relacionado de los años 70. La escena tuvo lugar en la recepción ofrecida por el Rey con motivo de su onomástica el 24 de junio de 1978. En un momento determinado, Areilza se acercó a Ricardo de la Cierva y le preguntó: "¿Has leído el libro de González-Mata? No el primero, Cisne, sino el que acaba de aparecer, que se titula Terrorismo internacional", a lo que De la Cierva contestó que lo tenía, pero aún sin leer. José María de Areilza le dijo: "Pues míralo esta misma noche, porque te puedo garantizar que su versión sobre el atentado de Carrero es la exacta".

Más recientemente, la participación directa de la CIA en el atentado es la que defiende Pilar Urbano en su libro El precio del trono (Planeta, 2011), del que el diario El Mundo ofreció una prepublicación en el suplemento Crónica de su edición del 20 de noviembre de 2011. No obstante, la escritora no aporta en qué fuentes se basa para afirmar que el Seced tomó muestras del cráter que provocó la explosión y se encontraron rastros de explosivo "C4, de uso exclusivo militar y que entonces sólo se producía en EEUU" y no la Goma-2 que los etarras dijeron utilizar y que habían robado en el polvorín de Hernani (Eva Forest, Operación Ogro. Cómo y por qué ejecutamos a Carrero Blanco, Argitaletxe Hiru, 1993). Tampoco, según el juez instructor De la Torre, el túnel era como lo describieron los etarras en la rueda de prensa que dieron en Burdeos reivindicando el atentado, ni como aparece descrito en el libro Operación Ogro. "No se correspondía con el informe de la Policía Judicial en la inspección ocular del subterráneo, hecha el mismo día del asesinato. Con prosa carpintera de atestado, el informe desmentía la versión de ETA. ¿Se trataba de dos túneles distintos? ¿O de un mismo túnel, pero muy reformado? En tal caso, eran dos descripciones del mismo túnel, una hecha ‘antes’ y otra ‘después’. En algún momento, el túnel fue alterado. Y ETA no lo supo".

Recapitulando, es realmente imposible señalar fehacientemente al inductor o inductores del atentado: servicios secretos de un país, de dos, el KGB, la CIA, la masonería, la extrema derecha, alguna de las familias del régimen, los comunistas... Sobre estos últimos, es indudable que los etarras tuvieron apoyo de la comunista Eva Forest, con un papel muy turbio y pieza clave de todo el engranaje no sólo del atentado contra Carrero sino también del que, nueve meses después, se cometería en la cafetería Rolando de Madrid. Como reconoce Lidia Falcón, una de las detenidas tras la masacre de la cafetería, percibió "indicios de un progresivo y desconcertante trato de favor" hacia Eva Forest por parte de la Policía. Y no sólo eso. Como cuenta Anna Grau, Forest "consiguió evitar no sólo la pena capital sino incluso el ir a juicio. Pasó tres años en la cárcel pero salió inmaculada (...). El misterio más profundo de todos quizá sea este: ¿cómo consigue Eva Forest salir tan bien librada, no ya del atentado de la calle Correo, sino del atentado contra Carrero?" (Anna Grau, De cómo la CIA eliminó a Carrero Blanco y nos metió en Irak, Destino, 2011, pág. 86).

La casi completa unanimidad de las opiniones apuntan en la misma dirección: una ETA utilizada y manipulada para conseguir no se sabe muy bien qué objetivos. Y a esa conclusión se llega porque son abrumadores los datos de antes y después del atentado que, ni con la mejor buena fe del mundo, pueden atribuirse en su totalidad a negligencia de todos aquellos de los que dependía la seguridad del presidente del Gobierno o a la falta de coordinación y los celos entre los diversos servicios de información y las fuerzas de seguridad. Tampoco tiene sentido la tesis que han mantenido algunos, como Eduardo Blanco, director general de Seguridad, de que Carrero era poco menos que un inconsciente que desoyó los avisos y se negó a reforzar su seguridad, una opinión que indigna especialmente, y con razón, a la familia del almirante que aceptó todas aquellas modificaciones de seguridad que le impusierona sin poner nunca ninguna pega a las mismas. Además, y en el supuesto de que el presidente hubiese puesto pegas a su seguridad, eso no era una excusa para no haberle garantizado la misma. Tampoco es posible llegar a la autoría intelectual del atentado por la vía del qui prodest porque, para desgracia de Carrero Blanco, había demasiada gente interesada en que muriera. Eso no quiere decir, evidentemente, que aquellos que pudieron beneficiarse del asesinato estuviesen detrás del mismo.

Entre esos datos anteriores al atentado, está ese primer y rocambolesco intento de secuestro organizado en 1971, dos años antes de su asesinato, por un grupo heterogéneo de antifranquistas liderado por un exguerrillero venezolano, y que fue tapado por un pez gordo de las fuerzas de seguridad (Fuente, I., García, J. y Prieto, J. Golpe mortal, Prisa, 1983, págs. 95 y ss.). Un plan calcado al que después pretendió realizar ETA, y del que desistió cuando en junio de 1973 Carrero fue nombrado presidente y se aumentaron las medidas de seguridad. Ernesto Villar se pregunta si ambos planes pudieran estar relacionados y responde que "lo fácil es pensar que sí". "Si ambos planes están conectados, alguien que organizó el primer intento o que lo conoció desde la otra acera, es decir, desde los servicios de seguridad del Régimen" pudo ser quien proporcionó esa información (la Iglesia, el mismo recorrido, la misma hora...) a Argala en 1972 (Villar, págs. 65-69).

Otro dato inquietante: "prácticamente la totalidad de los etarras que participaron en la preparación del atentado contra Luis Carrero Blanco eran ‘ilegales’, es decir, estaban fichados por la Policía. Algunos de ellos estuvieron en la capital más de un año. Otros cometieron todo tipo de imprudencias" (Ernesto Villar, pág. 103). La impunidad con la que los etarras actuaron en Madrid sigue maravillando hoy día a todo aquel que se acerca a la historia del magnicidio. Alquilaron y compraron numerosos pisos, construyeron zulos para esconder a Carrero tras el secuestro que idearon en primer término, alquilaron vehículos con su nombre real, dejaron huellas dactilares y tuvieron varios incidentes y encontronazos con las Fuerzas de Seguridad: atraco a una armería, robo de DNI en una comisaría de Madrid que, por otra parte, indicaba planificación a medio o largo plazo, compra de esposas al lado de la DGS, ejercicios de tiro cerca de la central nuclear de Zorita... En todos ellos, la detención de los etarras fue convenientemente parada por un "ángel de la guarda", del que tampoco sabemos si era siempre el mismo. Con los años han aparecido innumerables datos que apuntan a que posiblemente por parte de "miembros de los servicios de información" los etarras tuvieron protección e, incluso, apoyo directo para "retirar los obstáculos" que hubieran impedido ejecutar el atentado. A eso hay que añadir los avisos y todo tipo de informes alarmantes de las fuerzas de seguridad (como los de José Sáinz, Pepe el Secreta, jefe de Policía de Bilbao), notas, soplos de confidentes etc., que o bien eran guardados en un cajón o bien no llegaban a quien tenían que llegar porque alguien los "paraba" en algún nivel de algún Ministerio (Ernesto Villar, págs. 57 y ss.).

Entre las operaciones más llamativas, por su importancia, está la anulación de la operación de entrada en el piso que los etarras tenían en la calle Mirlo (que estaba convenientemente "sonorizado") de la que dio cuenta el entonces teniente coronel y luego general Aguado, responsable de la 111ª Comandancia en aquella fecha, en el libro Carrero, las razones ocultas de un asesinato (Estévez, C. y Mármol, F. Temas de Hoy, 1998, págs. 105-106). De la misma se hace eco Pilar Urbano en el libro citado El precio del trono, aportando, además, el dato de la persona que paralizó el dispositivo (Eduardo Blanco, director general de Seguridad):

La noche en cuestión, Aguado se reunió en la comandancia de Guzmán el Bueno con el capitán Puertas y los tenientes Pinto y Santamaría. Estudiaron el operativo, la distribución de los agentes: calle, portal, ascensor, planta 12 y azotea:
-Hay un comando de la ETA en Madrid. Pero ni lo hemos olido. ¿Pueden ser éstos de Mirlo? No lo sabemos. Por tanto, armas quietas y nada de tiros.
Aguado llevaba un rato en el despacho del coronel Manuel González tomando café y haciendo tiempo para salir con sus guardias, cuando sonó el teléfono interior.
-Aquí el cuerpo de guardia, soy el comandante de servicio. Mi coronel, un mensaje urgente para usted del director general de Seguridad.
-¿Está al habla? Páseme con él.
-No, mi coronel, no está al habla. Me ha dictado el mensaje para que se lo transmita y ha colgado.
-Ah... Bien... léame el mensaje.
-Al coronel jefe de la 111ª Comandancia de la Guardia Civil: suspéndase entrada prevista en piso 12 letra C del nº 1 de la calle Mirlo.
Después de colgar, el coronel González mantuvo unos instantes su mano sobre el auricular, como si así asimilara mejor la contraorden. Luego miró a Aguado, que aguardaba con cara de desconcierto al otro lado de la mesa:
-Despide a tus hombres, Paco, y vámonos a dormir: se suspende la operación.
-¿Quién lo manda?
-Puerta del Sol. Eduardo Blanco. Y en plan ordeno y mando, dictándole la orden al comandantillo de servicio como si yo fuera un mindundi (prepublicación de El precio del trono, suplemento Crónica de El Mundo, 20/11/2011).

También resulta muy extraña, por no decir escandalosa, la retirada, poco antes del magnicidio, de un operativo de seguridad del Alto Estado Mayor (AEM), al frente del cual estaba Manuel Díez-Alegría, un militar considerado aperturista y muy alejado del búnker, y cuyo nombre es el único que aparece en las dos quinielas conocidas de los servicios secretos estadounidenses para suceder a Carrero Blanco (Villar, pág. 172). El dispositivo de seguridad en la zona donde se produjo el atentado estaba dirigido por José Luis Cortina, conocido por sus hombres como El Pelao. "Aquellos hechos han sido narrados a Crónica por uno de sus autores, un agente de información del Estado Mayor que hacía guardia en la parada de autobús de Serrano-Hermanos Bécquer y que cubría y vigilaba las entradas y salidas de una empresa rusa, Mar Negro, que era una cobertura de la antigua URSS en Madrid y que estaba en la calle Serrano, justo enfrente de la parada de autobús" cuenta el periodista del diario El Mundo Antonio Rubio en su edición del 27 de noviembre de 2011. El 19 de diciembre, el día anterior al atentado, este dispositivo de los servicios secretos del AEM detectó y fotografió a Argala en la parada del autobús de la calle Serrano, muy cerca de la embajada americana y a unos doscientos metros de Claudio Coello 104. El 20 de diciembre de 1973 "a las siete de la mañana, uno de los equipos que dirigía el capitán José Luis Cortina volvió a montar su operativo para controlar a los rusos de la empresa Mar Negro. Sobre las ocho horas recibieron una contraorden: regresar a la base". Hora y media después el presidente Carrero, su chófer y su escolta eran asesinados. Cuando al sargento de la Guardia Civil que habló con Antonio Rubio se le plantea qué conocimiento tenía el capitán Cortina, jefe operativo de aquellos grupos de contraespionaje, sobre los etarras que estaban en la misma zona en la que ellos venían trabajando desde hacía meses, responde defensivamente: "Yo no sé si Cortina sabía o no sabía, pero los operativos no estábamos al corriente de nada" (El Mundo, 27/11/2011).

En el mismo artículo, el periodista se hace eco de otra información publicada en el mismo diario El Mundo el 21 de febrero de 2011 donde se narra un hecho ocurrido durante el juicio por el golpe de Estado del 23-F: "el día en que el comandante José Luis Cortina declaró como imputado en la vista oral del 23-F (22 de marzo de 1982), y durante el receso de la comida, amenazó, según la versión del abogado de Antonio Tejero, Ángel López Montero, a un interlocutor telefónico con la siguiente frase: ‘Como me jodan, saco hasta lo de Carrero Blanco’". Cortina resultó absuelto en ese juicio.

También reseñable en el premagnicidio las dos reuniones en el Hotel Mindanao de Madrid con un misterioso hombre de traje gris: en la primera (octubre de 1972) se les da a Argala Wilson un papel en el que se les señala el objetivo, el lugar para actuar (en un principio se planteó el secuestro), la rutina diaria del almirante Carrero y sus horarios. En la segunda, más importante que la primera, dos meses antes del asesinato alguien le da a Ezkerra, uno de los cerebros del atentado, una dirección: Claudio Coello, 104. No fue, por tanto, un "golpe de suerte" encontrar ese local en el que excavarían el túnel para colocar el explosivo. De este segundo encuentro en el Mindanao se tuvo noticia precisamente por la declaración de Ezkerra ante la Policía tras ser detenido en septiembre de 1975, de la que se hizo eco en sus memorias un comisario de Policía que estuvo 30 años combatiendo a ETA en primera línea en el libro de Jorge Cabezas Yo maté a un etarra: secretos de un comisario en la lucha antiterrorista (Planeta, 2003, págs. 62-63):

"Fue una declaración espontánea hablando del atentado de Carrero. Nosotros ignorábamos ese hecho por lo cual difícilmente habíamos podido plantearle la cuestión. La cita se la había dado la organización (...) La descripción de esta persona siempre nos causó asombro. Era un hombre de unos 30 años, con el pelo moreno, echado para atrás.
Vestía traje gris y corbata. Elegante. Parecía un funcionario del Estado, con rango de subsecretario, es decir, con cierta jerarquía. No llegaba a ser un ministro, pero tampoco era un funcionario cualquiera. Fueron sus palabras. Nos causaron asombro y perplejidad. Podían provocar risas e incredulidad, pero allí quedaron, aunque creo recordar que se sacaron también fuera de las diligencias. Este hombre gris le entregó un sobre cerrado. Cuando Ezkerra lo abrió se encontró con la dirección de una casa, Claudio Coello, 104, semisótano, con la dirección del dueño y la indicación de que estaba en venta. Fue esa precisamente, la casa que a mediados de noviembre de 1973 compraría Javier María Larreategui Cuadra, Atxulo, haciéndose pasar por estudiante de Escultura. Y fue de esa casa de donde arrancaría el túnel que había de llegar hasta la mitad de la calle y donde los etarras colocaron la dinamita que haría volar el coche de Carrero Blanco. Una dinamita que, por cierto el propio Ezkerra se encargó de bajar hasta Burgos en el mes de diciembre y que procedía del robo de una cantera en el País Vasco realizado tiempo atrás por otro comando etarra. Aquella información no era investigable. Se hizo una tímida gestión, pero transcurridos dos años ya resultaba imposible. Allí en la Brigada se hacían apuestas sobre quién podía ser el hombre de traje gris. Salieron a relucir muchos nombres, pero evidentemente no eran más que conjeturas".

Ernesto Villar aventura una hipótesis sobre quién pudo ser este hombre "con cierta jerarquía" y señala a uno de los participantes en las reuniones que miembros del SECED tuvieron con personajes de la oposición para preparar la transición a la democracia, reuniones que, al parecer, se celebraban con el visto bueno del propio Carrero Blanco. "Quizás de una de ellas salió el embajador que se citó con Argala" (Villar, págs. 23-24, 166-170 y 188).

Pero si llamativo es todo lo que ocurrió antes del atentado, no menos lo es lo que ocurrió después. De entrada, no hubo una "operación jaula" para detener a los autores del atentado, como tampoco se decretó el estado de excepción, algo que sí se hizo tras el asesinato de Melitón Manzanas. Una testigo cualificada fue Pilar Careaga, alcaldesa de Bilbao y, por tanto, perfecta conocedora de los desproporcionados operativos que solía practicar la policía franquista ante el menor incidente terrorista. Comentó a la viuda del almirante, Carmen Pichot, que aquel día regresaba a su ciudad por carretera desde Madrid y pudo constatar asombrada la absoluta falta de controles y vigilancia policial. El abogado socialista Fernando Múgica, posteriormente asesinado por la banda, explicó como hizo el viaje a San Sebastián y comprobó también que parecía "como si hubieran ordenado retirar todos los controles". Juan María Bandrés narró cómo, en contra de lo que se escribió en prensa, muchas personas cogieron el camino de Francia y cruzaron la frontera sin dificultad porque no había vigilancia especial y recuerda cómo mientras con la muerte de Manzanas –"un simple inspector de Policía de Irún" – hubo un durísimo estado de excepción, con la muerte "nada menos que de un almirante que además es jefe, presidente del Gobierno" no pasó nada (Estévez, C., Mármol, F., Carrero:Las razones ocultas de un asesinato, pág. 171).

Como también sorprende la actuación del embajador en Francia Pedro Cortina Mauri, al que los servicios secretos franceses le pusieron en bandeja al día siguiente del atentado la detención de Ezkerra y Wilson –casualmente dos de los que vieron al misterioso hombre del Hotel Mindanao–, y de un tercero, José María Ezkubi, alias Bitxor, y que se negó a hacerlo pese a la insistencia de José María Álvarez de Sotomayor, el número dos de la embajada. El relato fue también detallado por Carlos Estévez y Francisco Mármol en la obra citada. "¿Por qué se negó a detener a los terroristas? ¿Actuaba por decisión propia o recibía órdenes de alguien? En este caso, ¿de quién? ¿Quién desaprovechó la oportunidad más clara de arrestar a los verdugos del presidente del Gobierno? Sea como fuere, su perseverancia no le pasó factura política, sino todo lo contrario: días después, el nuevo presidente del Gobierno, Carlos Arias Navarro, le concedía el premio con el que todo embajador puede soñar: ser ministro de Asuntos Exteriores. Ver para creer" (Ernesto Villar, pág. 230).

Juan Antonio Bueno Fernández, inspector del Cuerpo General de Policía, en el que entró por oposición en 1944, formaba parte del dispositivo de escolta del almirante Carrero Blanco desde 1957. Antes estuvo destinado en Soria, Zaragoza y Barcelona. Era natural de Maranchón (Guadalajara) y tenía 52 años cuando fue asesinado. Juan Antonio estaba casado y tenía un hijo de 15 años.

Luis Carrero Blanco era natural de Santoña (Cantabria) y tenía 69 años cuando fue asesinado. Estaba casado con Carmen Pichot y tenía cinco hijos, tres de ellos marinos, como su padre. Se formó en la Escuela Naval de la Armada, en la que entró con sólo 14 años (al parecer su padre modificó la partida de nacimiento para que pudiera entrar antes en la Escuela Naval, y figura como fecha oficial de nacimiento 4 de marzo de 1903), estudiando primero en Madrid y después en París. El inicio de la Guerra Civil le sorprende en Madrid, de donde consigue huir en 1937 para unirse al bando de los sublevados con Franco. En 1940, tras finalizar la guerra, entró como subsecretario de la Presidencia del Gobierno, ocupando diversos cargos hasta que, en 1967, fue nombrado vicepresidente primero, un año después de ser ascendido a almirante. El 6 de junio de 1973, seis meses antes de su asesinato, fue nombrado presidente del Gobierno, lo que implicó un refuerzo de las medidas de seguridad sobre él. Este fue el motivo por el que se descartó el plan inicial (secuestrarlo) y se optó por el asesinato, mucho más factible. Pero, y este es otro motivo que hace pensar en que los que idearon el atentado querían algo espectacular, no optaron por un atentado discreto, mucho más fácil de ejecutar (podrían haber asesinado a Carrero de un simple disparo, pues lo tuvieron a tiro muchas veces en la propia iglesia a la que acudía todos los días), sino por una acción mucho más complicada de ejecutar, pero mucho más espectacular, para conseguir así uno de los objetivos que pretendía el atentado: la propaganda.

José Luis Pérez Mogena, chófer del presidente del Gobierno Luis Carrero Blanco, era natural de Madrid. Tenía 33 años, estaba casado y el matrimonio tenía un hijo de 7 años y una niña de 4. Ingresó en 1966 como conductor del Parque Móvil de Ministerios y los tres últimos años estuvo destinado en Presidencia del Gobierno. Cuando se produjo el atentado, la madre de José Luis estaba en la ciudad sanitaria Francisco Franco visitando a una amiga. Allí oyó la noticia del atentado, por lo que llamó a su nuera que le notificó que su hijo había sido trasladado al mismo hospital en el que ella estaba. José Luis falleció a las 13:00 horas (Alonso, R., Florencio Domínguez, F., y García Rey, M. Vidas Rotas, Espasa 2010, pág. 35).

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